Patricio Novoa: botánico notable. Revise el reportaje de Roberto Farías para la revista Paula de Julio de 2009
En despeñaderos inaccesibles Patricio Novoa fue descubriendo especies de cactos y orquídeas
que los botánicos habían declarado extintas. Gracias a su empeño casi suicida,
el catálogo de la flora chilena se ha enriquecido con los sobrevivientes del mundo jurásico

En un día de trabajo, pendiendo de acantilados a 70 metros sobre las olas de Quintay, rodeado de cactos y espinos, bajo un sol castigador, Patricio Novoa, curador y jefe de horticultura del Jardín Botánico de Viña del Mar, abrió un sendero con tijera de podar en una zona inexplorada; le dio consejos a un especialista en orquídeas de Santiago; cerró por celular una venta de flores a una constructora para financiar el Jardín Botánico; tomó nota y recolectó cierta flor prehistórica que no había visto más que en la arena; descansó en una quebrada; habló pestes de los botánicos de escritorio y, pese a regresar a su oficina sin encontrar la flor única que fue a mostrarme, almorzó a las cinco de la tarde, con esa rara sonrisa que produce en algunas personas el placer por el sufrimiento.

Uno ha oído el cliché de que son más bellas las flores silvestres que las de macetero. Pero hay que tener agallas para ir a verlas. Patricio Novoa dice que ver una planta silvestre y saber su cuento bien contado le produce un estado de encantamiento que lo tiene paralizado desde hace 14 años.

Primero se deslumbró al encontrar en los bosques de Pichilemu un cacto que se creía extinto, el aspillagae. Luego se obsesionó al saber que existían orquídeas chilenas y publicó la primera guía de orquídeas nacionales, auspiciado por la Corporación de la Madera. Después rastreó los últimos bosques de palma chilena. De ahí pasó a buscar bosques de ruil, un árbol endémico parecido al roble, declarado Monumento Natural en 1995 y del que se conocen sólo dos poblaciones, en las regiones VI y VII.

- Siempre que creo haberlo visto todo, me topo con algo nuevo.

Hace poco se obsesionó con las rutas de los accidentes aéreos nunca hallados, como el del teniente Bello, porque podrían darle la pista de lugares inaccesibles con flora única. Paisajes prístinos, dice él.

- Muchos aviones cayeron en Chile entre los años veinte y los cincuenta. Hubo también muchas personas que se accidentaron o extraviaron y que nunca aparecieron. La mayoría cayó en acantilados.

Eso lo convirtió en fanático - y quizás en el único estudioso - de la botánica de los acantilados costeros, un espacio de pocos metros de ancho, peligroso e inaccesible y, por lo mismo, virgen.

- Son lugares no expuestos a la huella humana ni animal (las pisadas son las principales destructoras de flores nativas). Allí es donde es más probable encontrar plantas raras. Uno podría pensar que hay que ir a la Patagonia para ver lugares intactos, pero no. ¡Están a una hora de Valparaíso o de Santiago! A los acantilados sólo van los suicidas. Y él.

Trepo junto a Novoa por un acantilado de Quintay hasta un bosquecillo de olivillos tan intrincadamente cercado por tevos (matorrales espinudos), que él cree que ni un alma humana lo ha penetrado jamás. Lo descubrió por Google Earth.

- Acá he tenido mi propio Vietnam - dice en cuatro patas, como un soldado bajo alambre de púas - , pero la tijera es mejor que un machete. Corto lo preciso. Tampoco se trata de andar haciendo daño.

Cada vez que va al acantilado extiende un poquito más el tortuoso sendero. Ha llevado a varios botánicos. Algunos han sido derrotados por el vértigo. A otros no les ha vuelto a ver la nariz.

La pendiente es intensa. Cada tanto me muestra tal o cual tallo al borde del abismo y piedras caen rebotando de saliente en saliente hasta el mar. De pronto Novoa da un paso en falso… y se golpea el pecho en una roca. Se encorva de dolor, como si le hubieran dado los del Vietcong. Descansamos en una quebrada bella, pero espantosa.

- Buscando casos de extravíos di con este lugar. En Quintay cuentan que aquí cayó un cabro en 1980 y nunca lo encontraron. Quince años después cayó otro. A ése sí lo divisaron. Al ir a sacar el cadáver hallaron los restos del primero. ¡Habían caído en el mismo lugar! Increíble. Me dije: Si aquí no ha llegado nadie, salvo muerto, debe estar la vegetación intacta desde hace muchos cientos de años. Y así era. Hay una veintena de flores y plantas prácticamente extintas. Fósiles vivientes.

Nos rodean pangales (Gunnera tinctoria), que parecen flores jurásicas gigantes. Pequeñas Alstroemerias, cactos floridos. El sol le calcina la pelada a Novoa mientras observa una hoja aterciopelada y minúscula. Las olas de Quintay braman por sangre de periodista rocas abajo.

Don Ñico

Este ingeniero forestal pasó gran parte de su vida rodeado de vida silvestre desde que nació, en Pucón, pero no fue sino hasta que cumplió los 40 que descubrió las plantas. Todo gracias a un castigo. Llevaba 19 años trabajando en la Conaf de Rancagua, especializado en hidrología, y por un lío con un jefe fue relegado, como dice él, a Pichilemu, en 1994. Con un sueldo inferior, alejado de sus dos hijos y su esposa, que se quedaron en Rancagua obligados por los estudios y la casa, se vio sepultado en el pueblito costero.

Entonces, en 1995, en el cuarto de las escobas, como se dice en el Fisco cuando al empleado le dan trabajo sisífico, le encargaron actualizar un catastro de biodiversidad en peligro en la VI Región. Fue al fundo Tanumé, que la Conaf tiene cerca de Pichilemu, y le presentaron a su guía: don Ñico, Nicanor Donoso, por entonces de 62 años. Un viejo amable y gentil, que había vivido toda su vida en el fundo y, pese a no saber leer ni escribir, conocía la flora y fauna de la zona al dedillo.

El viejo caminaba como un zorro. Novoa, al principio, lo seguía a duras penas. Le sugería una planta en el libro que llevaba y el viejo lo miraba, buscaba en su memoria excepcional y partía raudo por los senderos mascullando: - En tal parte la vi.

Un día de ese mes de trabajo juntos, el anciano le contó a Novoa algo que lo tenía intrigado:

- Hace un año - le dijo - descansaba en el bosque cuando, al pararme, apoyé la mano izquierda en el suelo y me clavé unas espinas. Dije: Qué cresta..., y escarbé con un palito.

Enterrado en la tierra había un cacto del tamaño de un plato de té, color mostaza, con las espinas giradas y aplanadas en forma de remolino. Nunca había visto nada semejante. Y nunca más lo volvió a ver.

Ningún funcionario de la Conaf se había interesado en el asunto hasta que llegó Novoa. Partieron a buscarlo por el bosque. Siguieron una semana por las zonas menos transitadas hasta que el viejo, hurgando el suelo con un palo, lo halló.

Novoa, que no tenía más noción de cactos que las de un experto en hidrología, le tomó fotos. Anotó. Y marcó el lugar.

Después de un mes de biblioteca y consultas por todo Chile, tenía la respuesta.

Era el Pirrhocactus aspillagae. Declarado extinto, no se había vuelto a ver en 70 años en ninguna parte de Chile. Tiene la particularidad de enterrarse bajo tierra en verano y fue descrito a comienzos de siglo en ese mismo fundo, cuando era de la familia Aspillaga.

A fines de 1995 Novoa escribió tímidamente su primer paper de botánica anunciando el redescubrimiento del aspillagae. Lo llamaron de todo Chile y supo la importancia del asunto. Se enamoró del desconocimiento que había sobre las plantas. Le volvió el alma al cuerpo.

Estaba relegado, sin mi familia, deprimido. El aspillagae fue una luz que me permitió soportar. Además, ¡era tan bonito!

Comenzó a estudiar y publicar artículo tras artículo, y pronto se convirtió en un nombre conocido en la botánica.

Se llevó a su familia a Pichilemu, sin saber que la estadía le duraría poco. En 1997 postuló y fue aceptado en el Jardín Botánico de Viña del Mar, que depende de la Conaf, y en 2000 asumió el puesto de curador y jefe de horticultura.

Don Ñico se ganó un lugar en la ciencia con Novoa: un galvano de la Conaf y el honor de que un pequeño sector del bosque de Pichilemu, donde crece el aspillagae, fuera bautizado por Conaf como El rincón de don Ñico. Ahora guía allí a botánicos, biólogos y coleccionistas de cactos (estos últimos, principales depredadores de los cactos silvestres).

- Después, don Ñico y yo hicimos una descripción de la tunilla, un árbol de margarita gigante (Dasyphillum excelsum), una rareza, otro fósil viviente - dice Novoa.

Pese a sus hallazgos, Novoa siente que el mundo de la botánica académica le niega sus méritos. Quizá porque es ingeniero y no biólogo. Fue a un encuentro de botánica en Santiago donde dice que lo presentaron como "este ingeniero que mantiene unos sitios web y manda fotitos de repente." Oyó varios ja, ja, ja y aplausos condescendientes.

Sólo el año pasado el municipio de Valparaíso le dio un reconocimiento por sus estudios sobre la flora de los acantilados de Playa Ancha, amenazada por la ampliación de la autopista La Pólvora. Novoa los propuso para Santuario de la Naturaleza, pero la petición no ha prosperado.

Obsesión

Cuando se metió con las orquídeas no pudo parar. Especialmente al saber el poco conocimiento que había de las orquídeas chilenas: ni fotos, ni guías de campo.

Hoy, bajo el vidrio de su escritorio tiene orquídeas secas. En la pared cuelgan guías y afiches de orquídeas chilenas. La mayoría hecha por él.

Son plantas inclasificables. Conforman el género más extenso de la flora terrestre, más que los árboles, los pastos y las hierbas. Tienen esa extraña forma de tres sépalos (pétalos posteriores) y dos pétalos inferiores, más un labelo central que es la clave para definirlas. Nadie sabe cuándo ni por qué florecen, y para polinizarse parece que tuvieran ojos.

- Nadie se explica cómo el labelo de la flor llegó a imitar a la hembra del insecto polinizador. Llega el insecto macho, intenta copular con esa falsa hembra y se va cargando del polen que se adhiere a su espalda, con el que fecunda otra flor. Increíble.

Hay orquídeas cuyo labelo realmente parece un insecto. Con texturas, filamentos, colores y hasta ojos falsos.

- ¿En estos 40 millones de años, la flor vio al insecto? - se pregunta Novoa.

En Chile hay varios casos. La orquídea apinnula, por ejemplo, imita a un insecto morado parado en su pétalo inferior.

En el labelo, la orquídea fimbriata tiene colores que parecen una pista de aterrizaje para insectos. La vimos en el acantilado.

- Es increíble la falta de cultura en Chile - dice Novoa haciendo equilibrio sobre una piedra del acantilado para mostrarme la flor; estamos a 70 metros sobre el mar embravecido de Quintay, caer sería mortal - . La gente cree que para ver orquídeas hay que ir al Homecenter o a los orquidarios del trópico.

Aunque después admite que él mismo, hasta 1994, no sabía que había orquídeas en Chile. Estaba en sus últimos momentos en la Conaf de Rancagua cuando se enteró del paso de Gosewijn Van Nieuwenhuizen (aquí en Chile todos lo llaman Josegüin), un holandés de corbata humita que venía recorriendo Sudamérica para registrar orquídeas silvestres. Hizo el mayor registro de orquídeas chilenas desde 1910, pero aún no publica sus resultados.

Después del aspillagae, Novoa se abocó a las orquídeas como si se fuera a acabar el mundo. En especial a rastrear la incisa, una orquídea considerada extinta hacía 99 años y que redescubrió junto al ingeniero forestal y botánico Jaime Espejo, en 2003, en Peñuelas. Crearon un sitio web con Mauricio Cisternas (agrónomo), Erwin Domínguez (biólogo) y Mónica Rubio (médico pediatra). En 2006 publicaron la primera Guía de campo de las orquídeas chilenas, con registros desde Arica hasta Magallanes. Es el segundo catastro de orquídeas silvestres chilenas publicado desde 1910.

Ahora Novoa tiene dos desafíos. El primero, dar con las orquídeas virescens y la longipetala (supuestamente extintas en la Zona Central).

- Estoy seguro de que en los acantilados las vamos a encontrar - dice.

Es tanta la precisión de su rastreo de orquídeas que en un cuaderno tiene registradas las poblaciones más raras mata por mata:
Heteroglossa: camino La Pólvora, ocho matas. Lago Peñuelas, tres matas. Cerro Mauco, ocho matas.
Disoides: Rodelillo, seis matas. Playa Las Bocas, cuatro matas.
Etcétera.

- Ese cuaderno vale millones - le digo, pensando en los fanáticos de las orquídeas.

- Por suerte acá todavía no surgen los cazadores de plantas silvestres. No tenemos ni legislación que las proteja. Podrían llevárselas todas y no sería delito.

Su segunda misión es reponer en el index mundial (la clasificación de flores) algunas de las 120 especies de orquídeas que dejaron de ser chilenas. Sí, como se lee.

- Resulta - cuenta - que la connotada botánica argentina Maevia Correa se dio la tarea de reclasificar los antiguos nombres de las orquídeas sudamericanas en 1969 bajo el index herbario moderno de tres palabras: género, especie, familia. Pero al pasar por Chile eliminó por sinonimia más de 120 especies de orquídeas chilenas endémicas.

En palabras silvestres, las consideró similares a otras especies y las puso bajo el mismo nombre, pese a que estaban descritas en los index antiguos como especies únicas. Novoa intenta una explicación:
- Quizás Maevia Correa sólo tuvo a la vista flores secas de herbario, que pierden su color y muchas características.

Hoy sólo 49 especies de orquídeas silvestres se consideran chilenas. Sin embargo, los botánicos saben que más de 50 de las especies homologadas por Maevia Correa son únicas en el mundo.

- ¡Es nuestra obligación reponer esas orquídeas silvestres como chilenas! Creo que al menos tenemos 20 especies lo suficientemente documentadas como para reponerlas en el index mundial. Pero pecamos de flojera. Yo, por lo menos.

O por falta de tiempo. Además de su trabajo en el Jardín Botánico, Novoa está dedicado a perseguir variedades de Alstroemeria, una curiosa y colorida florcita endémica de los acantilados. Lleva registradas varias familias, también mata por mata.

Con un pie en el desfiladero me muestra la curiosa flor. Arriba el sol pega vertical y, si miro mis pies, abajo veo el mar.

También lo obsesiona el Lucumo valaparadisea - endémico de la V Región y pariente de la lúcuma - , que fue bautizado así por el abate Molina.
- Debería ser el árbol emblema de Valparaíso, pero, ¿quién lo conoce?
Novoa logró reproducirlo con éxito en el vivero del Jardín Botánico.

En el precario laboratorio, con moho en el techo y envases de néctar reciclados de la basura para almacenar polen, produjo en 2000 los primeros brotes in vitro de toromiro, el arbusto endémico de Isla de Pascua, visto por última vez con vida en 1955. Lo logró con semillas que se guardaron en el Jardín Botánico de Viña y en el de Göteborg, Suecia. El toromiro regresó a la isla en noviembre de 2007 en un avión Fach, con bombos, platillos y prensa.

- Pero nadie informó que las plantas murieron en 2008 por falta de cuidado. Curiosamente, el toromiro se da hoy mejor en el continente que en la isla - dice observando la docena de matas que existen en el Jardín Botánico.

Por la tarde, al regresar de los acantilados a su oficina, se sacude el polen prehistórico de los bototos, come su vianda y piensa en los recientes giros de su agitada vida debido a las plantas:
- Mi familia ha pagado un duro precio. No tenía planeado estos cambios en mi vida. Me consideran rayado.

Su hija de 20 años todavía no le perdona el desarraigo de Rancagua a Pichilemu y luego a Viña. Siente haber perdido sus amistades y su adolescencia. Apenas oye hablar de plantas se encierra en su pieza. Su mujer se aburre cuando Novoa empieza a dar la lata con alguno de sus hallazgos. Pero le saca con cariño las espinas de los brazos cuando llega de sus excursiones. Sólo con su hijo mayor Novoa comparte sus hallazgos. Estudió ingeniería en pesca.

Antes de cerrar el boliche, como le dice a su oficina, arremete en el computador. Es la parte fácil. Escribe una descripción de una flor. Pan comido:
Habenaria paucifolia es una planta de tallo robusto, sépalo dorsal angostamente lanceolado con la mitad apical recurvada longitudinalmente, labelo trilobulado e inflorescencia paucifolia de flores grandes, distanciadas y el labelo fuertemente laciniado.

- ¿Cómo va quedando? - me pregunta. - ¿Se entiende lo que digo?



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